Los demonios

(Dostoievski, 1871.)

Pasan 300 páginas antes de que el lector reconozca con seguridad a Dostoievski. Hasta entonces, hay detalles que apartan a manotazos la sensación de estar con Ana Karénina en las manos, de revestimiento psicológico la mayoría. Tiene, a nuestro juicio, demasiada facilidad para la palabra, por lo que la mascarada introductoria se le va hasta un tercio de la novela.

La acción empieza con propiedad con la irrupción del hijo en un salón donde no se lo esperaba. A partir de ahí no podemos decir que las cosas se precipiten, pero sí que cobran una dimensión más propia del maestro ruso. Los hijos son quienes rompen el círculo costumbrista de las conversaciones torno al samovar con buenas dosis de francés, prendiéndolas como un polvorín, hábito que permite remontarnos hasta Padres e hijos, de Turguéniev. El texto presume de fuerza a la sombra de las circunstancias históricas que cristalizaron en la Revolución de Octubre.

«Voy a buscar a Rusia», dice en algún momento un viejo enfermo que huye, y uno, de la intertextualidad preso, recuerda aquel poema de Alejandra:

“No es un verbo sino un vértigo. No indica acción. No quiere decir ir al encuentro de alguien sino yacer porque alguien no viene”.

Ahora bien, hay quien asevera que Los demonios es su mejor obra, a lo que sólo le encuentro explicación por motivos ideológicos, enajenados de la causa literaria. El postestructuralismo saltará como un resorte para defender que todo se pliega a «ideologemas», y estaremos de acuerdo parcialmente, aunque me guardaré de reducir el todo a las partes. No puede en ningún caso decirse en presencia de Crimen y Castigo o Los hermanos Karamázov, siquiera de un ejemplo de su primera etapa como Pobres gentes.

La novela es un crescendo. Lo más bello, a mi entender, la peregrinación del viejo en cuestión, que remite a la que Tolstói emprendiera al final de su vida y que ha contado, entre otros, Jay Parini en La última estación: “Vive la grande route, y sea lo que Dios quiera”.

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